
Un mal día apareció en su fachada un cartel de remate y durante meses se puso en venta todo lo que en ella había. Quienes atinamos a pasar por allí con frecuencia pudimos apreciar los tesoros que se iban retirando del lugar y luego el final tácito pero previsible: su demolición total. Todo legal, todo según lo establecido por las normas del Código de Planeamiento Urbano de la Ciudad. Tuvo la mala suerte esta residencia, de estar ubicada hoy en zona C2 y de hallarse justo en el radio donde los “desarrolladores” han puesto el ojo por estos días.

En su lugar, se anuncia hoy un (otro más) edificio prometiendo el paraíso terrenal en vidrio y porcellanato y echando mano a una palabra muy de moda últimamente: amenities. Hoy hay que vivir en un edificio con “amenities”, en este caso una pequeña piscina, un par de parrillas, lavandería y algún lugar donde asolearse. Esas pequeñas delicias que harán que uno se olvide por un rato de que vive en un monoambiente o en un dos ambientes de cuarenta y pocos metros cuadrados.

Como ya se ha expuesto en estas páginas, el fenómeno en Barracas sigue su marcha, particularmente ensañado con este sector limítrofe con Constitución y San Telmo donde el mencionado Código permite estas cosas y ninguna normativa ofrece por ahora herramientas legales que puedan aplicarse aquí para proteger las construcciones de valor arquitectónico, histórico o simplemente aportante a la identidad barrial que paulatinamente va cambiando casonas, casas y casitas por hacinamiento pretencioso.
La particularidad en este caso es que el grupo desarrollador es de origen español.
Será que seguimos comprando espejitos?